Primer cuento de la saga.
La lluvia empeoraba la sensación de frío que colmaba el ambiente, la neblina y el viento no hacían más que empeorar las cosas, el único punto de calor que me mantenía despierto era el proveniente de mi caballo, pero eso no cambiaba la situación, pronto me llevaría ya sin vida al castillo. Una flecha envenenada se alojaba en mi hombro…
Muy temprano en la mañana el maestro del clan nos comunicó la misión.
-El pueblo nos ha pagado abundantemente en especie para librarlos del general Hao, cosa que tenemos que hacer esta misma noche, así que prepárense- Dijo en tono autoritario, mientras algunas exclamaciones ahogadas eran reprimidas por un par de miembros del clan.
No es que tuviéramos problemas con deshacernos del viejo tirano, pero, era el terrateniente del pueblo en donde vivíamos y habíamos firmado un pacto de que nunca, un acero ni una mano del clan lo lastimaría. Además la ciudadela donde vivía el general estaba amurallada, si bien la muralla no era muy alta; también había un espeso bosque detrás de la muralla y alrededor del edificio principal tipo castillo, tal bosque estaba resguardado por arqueros con flechas envenenadas, (sólo un rasguño y estabas muerto), el castillo estaba poblado de guardias y finalmente la milicia personal del general, ocho de los espadachines más diestros en varios kilómetros a la redonda. (No iba a ser un día fácil).
Pasamos toda la mañana preparándonos y formando el plan, fue difícil pero terminamos decidiendo una rápida y arriesgada operación.
Tal vez subestimamos las defensas del general, tal vez sobrevaloramos nuestras habilidades, tal vez nuestro plan no había servido como pensamos, pero ya era demasiado tarde. Perdí el conocimiento, mis pulmones dejaron de enviar oxígeno y mi corazón cesó de latir…
General, el cuerpo de uno de los miembros del clan de Guerreros Demonio de la Montaña ha sido encontrado en las puertas de palacio con una flecha de nuestros arqueros en un hombro. ¿Qué debemos hacer con él? ¿Lo devolvemos para que den cuenta de él los suyos?
-¡Nada! Arrójalo a la fosa, si ellos me han traicionado no merecen miramientos- Así decidió el general Hao, después de todo él era el soberano de esas tierras y podía hacer lo que le viniera en gana. Pensándolo bien siempre lo había hecho. El general Hao estaba sentado en su trono con incrustaciones de jade y vestía ropas de color verde y joyas de esmeralda, siempre le gustó el lujo y el verde le daba, según él un toque aristócrata.
Makoto era el guardia principal de la puerta central del castillo y lo había sido ya por veinte años, hoy por fin se jubilaría. El maldito general lo había hecho esperar hasta muy avanzada edad, si él fuera el terrateniente sería más justo y no dejaría que los ancianos como él trabajaran tan arduamente. Mientras pensaba sobre su infortunio, una centella refulgía en el cielo, Makoto lo tomó como un buen presagio. Una sombra humanoide se materializó frente a él. La sombra hizo una reverencia y Makoto correspondió por costumbre, aún no acababa de entender lo que sus ojos le mostraban. Dio el grito de alarma y salió corriendo acompañado de diez de sus compañeros, uno de ellos se quedó vigilando la puerta, los demás se apresuraron demasiado, perdiendo de vista al que fueron a auxiliar debido a la lluvia y la neblina.
Se separaron en grupos de tres para cubrir más terreno, unos al centro otros a la derecha e izquierda respectivamente.
Makoto sufrió un golpe en la nuca y sus ojos se fueron apagando poco a poco mientras la neblina y la lluvia lo cubrían de cualquiera que pudiera verlo. Tres soldados pasaron a su lado sin notarlo pues su atención se centró en un gato de dos colas que estaba sentado en un árbol, dieron unos pocos pasos hacia adelante y cayeron en una fosa con el suelo tapizado de estacas de bambú y encontraron un horrendo fin, mientras un niño con kimono sonreía escondido detrás de unos arbustos al tiempo que soltaba una cuerda que activaba la trampa. Tuvieron mala suerte –dijo entre risas-.
Tres guardias que fueron a la izquierda internándose en el bosque sin poder ver más allá de unos cuantos metros gracias a unas antorchas que llevaban, una lanza salió disparada desde la noche y atravesó a uno de ellos de lado a lado, y antes de que los dos restantes pudieran reaccionar la lanza se situó en el vientre del más cercano con la velocidad de un rayo. El último salió corriendo de regreso pero su pie fue atrapado por una cadena, mientras era arrastrado un pedazo largo de papel de arroz se enrollaba en su cuello y le cubría la boca y la nariz ahogando sus últimos gritos de miedo.
No entiendo Tsu, ¿por qué siempre te tocan estos trabajos? –Hablaba consigo mismo Tsubasa, el encargado de darle las noticias al general mientras transportaba el cuerpo inerte a la fosa común en la parte de atrás del castillo- Primero encuentras a uno de esos demonios y luego tienes, como siempre, que ir a contarle al viejo, y después a la fosa, siempre a la fosa, por qué no mandan a alguien más. Pero en cuanto regrese con el grupo, tomaré un merecido descanso.
Lamentablemente, llegar a esa fosa no está en mis planes –espetó una voz siniestra mientras una mano fría clavaba una daga que extrajo de el cinturón del guardia directamente en la parte trasera del cuello- Bueno ahora a ponerse el disfraz y tú amigo a la fosa, por cierto gracias por el viaje.
Los tres guardias que fueron al lado derecho simplemente no tuvieron tiempo de darse cuenta lo que pasó, ocho cortes recibió el primero, ocho cortes el segundo antes de que el primero terminara de caer y sin poder dar crédito a la celeridad de las cosas y sin poder si quiera gritar, ocho cortes dieron muerte al tercero. Ocho sonrientes cabezas aceptaban un trabajo bien hecho.
-Vaya Tsu, tardaste mucho en volver- el guardia vio que su compañero entraba proveniente de la fosa -Sí lo lamento, es que tuve algunos contratiempos- dos figuras aparecieron detrás del recién llegado y junto con él empezaron la emboscada. Murieron cuatro antes de que los seis restantes pudieran sobreponerse a la sorpresa. Una de las dos figuras que vestían de negro empuñaba dos armas una espada larga y otra más corta con la que paraba cortes y estocadas, cortó un brazo con su espada larga y después enterró la corta en el pecho descubierto de su adversario, el guardia impostor sonreía mientras lanzaba tajos a diestra y siniestra batiéndose en combate con dos enemigos a la vez. La segunda figura bastante más grande que las otras dos portaba una atemorizante hacha con la que fácilmente superaba las armas y armaduras enemigas acabando con tres objetivos en pocos instantes. En cuestión de algunos minutos la lucha había terminado, el pasillo estaba libre. Ahora tres guardias impostores subían por las escaleras.
-¡Cómo desearía ser rico!, si tuviera el dinero del terrateniente o al menos una parte, podría tomar mis cosas e irme lejos, no arriesgar mi vida por una mísera paga de guardia- El vigilante apostado en la puerta central escuchó un leve tintineo por encima de su cabeza. No podía creer lo que veía, una enorme cantidad de… ¿Monedas? Caían desde el cielo a sus pies, y luego en sus manos y sobre él. –¡Más!- gritaba ¡Quiero más, mucho más! Luego fue demasiado, quedó enterrado vivo bajo una montaña de monedas de oro, que después de llevarse su vida se convirtieron en hojas caídas de un árbol de cerezo.
De los tres guardias impostores sólo dos ascendieron hasta el pasillo que conectaba a la cámara del trono, pues el otro se quedó a… limpiar el camino.
Los últimos tres guardias custodios de la puerta detrás de la que se encerraba el general Hao con su milicia personal, vieron como la neblina llegaba hasta sus pies desde el final del pasillo, con espanto oían susurros provenientes de la niebla que parecía tener vida y acercarse como formando dedos que se estiraban y alargaban intentando atraparlos. De alguna manera vencieron su miedo y se lanzaron a la carga, los tres al mismo tiempo, como les habían enseñado, sin dejar espacio para que pudiera avanzar el enemigo.
Un hacha enorme partió a uno prácticamente por la mitad y los otros dos retrocedieron intentado atisbar a su enemigo, el hacha volvió a salir disparada hacia otro de ellos, una bien entrenada espada la aguardaba, pero la defensa fue inútil debido al abrumador peso y a la aplastante fuerza del golpe. El último estocó en dirección a la niebla, en el lugar del que había venido el golpe del hacha, pero falló. De nuevo cayó el hacha, pero esta vez erró el blanco pues el guardia estaba preparado, pero una mano enorme surgió de la neblina, que cada vez se hacía más espesa para apresar el cuello del soldado y presionar hasta romper la tráquea. –¡Qué tristeza! Dijo una voz proveniente de la neblina-.
No me hacía ilusiones de mis posibilidades de vencer a la milicia personal del general, menos de deshacerme del viejo, sin dañarlo, pero no estaba solo.
La niebla se colaba por hendiduras del gastado quicio de la puerta, la sala del trono estaba bien iluminada por gran cantidad de antorchas y custodiada por los ocho mejores espadachines que el dinero pudiera comprar en varios kilómetros a la redonda. Guardias leales que juraron protegerlo con sus vidas, morirían literalmente antes de ver que algo o alguien lo dañara y cometerían todos suicido inmediatamente en caso de que uno sólo le ellos pensara si quiera en lastimarlo. La suntuosa habitación estaba adornada con las mejores sedas y con todo el lujo posible. Ser terrateniente tenía sus ventajas, era un hombre muy poderoso. Y así con todo, tenía miedo.
Nunca antes había sentido miedo, ni cuando asesinó a su padre y hermano mayor para quedarse con el territorio, ni todos esos años experimentando con sustancias altamente tóxicas desde su niñez, para convertirse en un maestro de los venenos, como el que ahora portaban sus arqueros en cada una de sus flechas; ni siquiera tuvo miedo al ir a vender al mercado negro sus creaciones y descubrimientos para financiar su guardia personal, ni al guardar los antídotos para venderlos después a un altísimo precio o para sobornar o chantajear.
La puerta se abrió despacio dejando entrar la neblina que rápidamente se colaba avanzando por el piso de la habitación entera. La milicia hizo un círculo alrededor de su amo, un cuchillo salió volando desde el umbral de la puerta y se insertó en el cuello desprotegido de armadura de un guardia que murió al instante. La niebla empezó a ser una molestia para la milicia cuando comenzó a elevarse a la altura de las rodillas. Un espadachín que custodiaba la retaguardia fue halado desde los pies hacia la neblinosa obscuridad donde dio un último grito a modo de despedida.
El círculo se cerró en torno al general, de pronto un hacha se precipitó por la entrada en dirección al general, uno de los espadachines la desvió a penas con su espada, pero hirió de muerte a uno de sus compañeros. Se escuchó un pequeño estallido acompañado de un siseo prolongado. Todo el cuarto se cubrió de un espeso humo gris que picaba en la garganta y los ojos, la visibilidad era nula y hasta los sonidos se amortecían debido a la espesura del humo.
El general fue atacado por algo y se vio derribado de pronto, pero la milicia no podía hacer gran cosa, ya que dos siluetas forcejeaban en el suelo a sus pies, una correspondiente al general y la otra al atacante, y comenzaban a rodar por toda la habitación. De pronto una silueta se levantó frente a la milicia que rauda se lanzó a la carga.
¡Detrás de ustedes idiotas! -Ataviado con sus finas ropas y joyas el general les gritó a los guardias que estuvieron a punto de asesinarlo- El enemigo gemía mientras torpemente agitaba una mano con una espada corta, los espadachines no tardaron en acabar con él, no era tan rudo peleando cuerpo a cuerpo.
El humo y la niebla finalmente se disiparon con una ráfaga de viento que entró por una ventana, el cuerpo amordazado del general yacía inerte con una espada atada a la mano.
Se escuchó una risa siniestra a espaldas de los guardias. –Dije que detrás de ustedes, idiotas- dos más murieron, uno con su cabeza cercenada el otro con su propia espada sobresaliendo através del peto de su armadura. Un hombre ataviado de negro se deshacía de las ricas calzas del señor Hao. Los cuatro que quedaban corrieron para dar muerte al falso general.
-¡Alto! Recuerden su juramento- En ese instante comprendieron a lo que se refería.
No fue tan difícil, no fue difícil saltar el muro, lo difícil fue pasar al caballo, no fue difícil acabar con los arqueros pues estaban muy confiados de sus escondites y gracias a la lluvia y a la niebla ellos no pudieron vernos llegar y así por muy envenenadas que estuvieran sus flechas, no fueron gran cosa, lo difícil fue tomar valor para ingerir el veneno que causaba la muerte aparente y entrar prácticamente en calidad de bulto al bien custodiado castillo, lo difícil fue hacer que el caballo me llevara hasta la puerta sin que yo estuviera consiente para guiarlo. No fue difícil abrirse paso por la fortaleza para llegar hasta la sala del trono, lo difícil fue conseguir que uno de los espadachines matara al señor Hao antes de que a mí. Lo fácil y divertido fue hacer se suicidaran.
Makoto despertó con un fuerte dolor de cabeza y un chipote del tamaño de una nuez, regresó a su puesto para enterarse de cómo iba la situación. Junto a la puerta volvió a encontrar a la sombra negra que viera primero, de nuevo le hizo una caravana que Makoto contestó por costumbre. Luego la sombra se alejó corriendo seguida de otras varias en dirección al bosque.
Makoto preocupado entró al castillo y subió las escaleras lo más rápido que pudo encontrando en los pasillos y cuartos a sus camaradas muertos, pero seguramente la milicia personal del señor Hao estaba bien, ellos habrían rescatado la noche e hicieron huir a los enemigos. –Su corazón albergaba esa esperanza- Su sorpresa fue enorme cuando encontró ocho cadáveres además del cuerpo sin vida del general, y cuatro de ellos muertos por su propia mano, lo que seguro significaba que uno de ellos mató al viejo Hao.
Sufrió de un ataque de pánico, y bajó hasta su puesto en la puerta a toda velocidad, con sus pulmones viejos ardiéndole por el esfuerzo, gritó y gritó y después rió par sí. Bien, ahora sería él quien diera las órdenes, General Makoto, Señor Makoto, se oía dulce a sus oídos, aún en su áspera voz.
El amanecer se alzaba como promesa de cierto cambio cálido, había dejado de llover y la luz nos bañaba cuando llegamos finalmente al pueblo y a casa. Sólo recibimos del maestro una sonrisa y un “bien hecho, la próxima no será tan fácil” era todo lo que esperábamos. Después de todo somos un clan.
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